Muerte por chocolate

Muerte por chocolate - Viajando sin ropa de invierno
El primer europeo que probó el chocolate, pudo muy bien haber sido el mismo Cristóbal Colón en 1502 al llegar a la isla Guanaja (Isla de Pinos, en la costa de la actual Honduras), en su cuarto viaje a América.
A su vuelta a España, traía muestras de cacao a los Reyes Católicos; sin embargo no tiene éxito por su sabor amargo y picante y por su aspecto sucio. Aun así es de las muestras que Hernán Cortés – también consciente del valor del cacao entre los aztecas – decidió traerse consigo a la España de Carlos I en 1528 de donde surge la historia del chocolate en Europa. 
 
Siglos más tarde, el chocolate encontró en Cuba en una famosa esquina de La Habana Vieja un lugar de evocación. Una incitación al paladar, donde era yo un asiduo visitante.
Era entonces la esquina de Amargura y Mercaderes, el lugar donde me escapaba de vez en vez a deleitarme con aquellos sabores; llegó un momento en el cual llegué a pensar que me había convertido en un adicto a él. Pero no me molestaba la idea, de hecho conozco personas que padecen de este mismo mal; y no es para menos, pues es que el chocolate contiene triptofano que es un precursor de la serotonina (hormona de la felicidad) y ¿a quién no le gusta estar feliz en esta vida? ¿Quién no se ha llevado un pedazo de chocolate a la boca y ha repetido la operación 500 veces? 

En Cuba descubrí lo que era el chocolate, pero no fue hasta llegar a España cuando supe; cuanto se podía disfrutar de un postre. Resulta que fui invitado a cenar; y todo iba muy bien hasta que al final de la noche, me dicen que tenían un postre «Muerte por chocolate», me sonó raro al principio y me dió hasta un poco de yuyu probarlo; pero a la verdad que fue llevarme el primer pedazo a la boca y como dicen acá «ya estaba flipando en colores»

Verdaderamente la decoración del plato era hermosa: brownie de chocolate con nueces, encima una bola de helado y dentro chocolate amargo caliente; no más hice cortar un pedazo del brownie, comenzó a salirse aquella pasta viscosa por los lados.
 
No se cómo describirles aquella mezcla de sabores, la sensación de lo frío y lo caliente al mismo tiempo, la textura esponjosa y suave del bizcocho con las nueces. Después de eso, me salí al baño a echarme agua en la cara, no recuerdo si también tenía whiski aquello; pero me sentía borracho, como si me hubiese tomado unos cuantos chupitos de tequila mexicana, hubiese salido a la calle y me hubiese pillado el aire.

Me sentía en pleno verano en Cuba con temperaturas sobre los 40 grados celsius, en esa circunstancia en la que necesitas poca ropa (camiseta, short y chancletas) y mucha agua. Era una mezcla de felicidad con euforia; la sonrisa no se me quitaba de la cara. Indiscutiblemente estaba un poco chispa (borracho).

Era la primera vez en mi vida que me sentía borracho sin haberme llevado una pizca de alcohol a la boca; quizás crean que debo estar exagerando, pero si alguna vez están en un lugar cenando y les dan la carta de postres y lo ven en la lista, pídanselo; les aseguro que se van a acordar de mí.

No se cómo no me di cuenta antes de cuanta verdad encerraba el nombre del postre, pero ahora que lo se, no me queda de otra que volver a repetir; unas 500 veces más si fuese necesario.

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